uego de convertirse en una estatua de cera decapitada al final de La comedia del arte, el pintor Camondo recorre –en esta «La segunda comedia»– desde la costera zona de Cartagena hasta el paisaje interior de Cuncumén. Seguimos así la caída del artista sin cabeza, una condena divina que se suma a la pérdida previa de su genialidad. Devuelto a la vida de forma incompleta, el protagonista atraviesa un trayecto que funciona como alegoría de su propia biografía y de su final a bordo de una limusina sin destino.
Publicada de forma póstuma, Adolfo Couve transita con naturalidad entre el realismo y el horror gótico en Cuando pienso en mi falta de cabeza. Lo hace con su acostumbrada precisión, por más que las distintas historias y relatos que forman esta novela desborden los límites de la realidad mediante el absurdo y el humor ácido; un delirio estructurado bajo leyes ocultas, narrado con velocidad y rigor estético, que opera también como una galería de personajes y obsesiones de su autor.