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Descripción
La vida y obra de Matilde Pérez poseen una singularidad extraordinaria. Marcada por la soledad desde su nacimiento –tras la muerte de su madre después del parto–, aislada en el campo, tuvo una infancia silenciosa, cruzada por las enfermedades. Sin embargo, lejos de ser un rasgo negativo, esa independencia y falta de reglas le otorgaron el espacio para descubrir su vocación: a los 5 años ya sabía que sería pintora.
Pionera absoluta en descifrar el enigma del movimiento y la luz, construyó, desde sus inicios, una obra personal y deslumbrante que desafió los dogmas de la pintura tradicional y la llevó a alejarse de la academia y la crítica. Pero no de las vanguardias europeas que la cobijaron: en París fueron fundamentales el apoyo y la amistad de Victor Vasarely y Julio Le Parc. Luego de sus dos regresos a Chile (en 1962 y 1972) y convertida definitivamente en una artista cinética, solo se acrecentó la incomprensión que despertaba su trabajo. Durante las décadas siguientes, su figura permaneció en un discreto segundo plano y, hacia el final de su vida, logró obtener algo de reconocimiento y mostrarse públicamente tal como era: una mujer de apariencia convencional, pero con un ácido sentido del humor y una certera visión de la pintura y su mundo.
Sabine Drysdale logra retratar a esta enigmática e iconoclasta figura del arte chileno a través de la investigación de archivos, notas de prensa y entrevistas a familiares y amigos. Con una cuidada escritura, desentraña su trayectoria y legado, entregando un retrato íntimo y desprejuiciado de una artista que, sin mayor figuración ni premios, supo remover una escena nacional muchas veces conservadora.